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Recomendaciones Dietéticas para occidentales

 

Reducir, o mejor eliminar, el consumo de carnes rojas.

El excesivo consumo de proteína animal en la dieta occidental es fuente de enfermedades típicas de nuestra civilización. Arterioesclerosis, osteoporosis, cardiopatías y cáncer entre otras. La carne de ave y el pescado blanco tienen menos inconvenientes por tener menos grasas saturadas (los omega-3 se pueden obtener de las nueces y de la semilla de lino o sus aceites) pero el consumo diario de estos alimentos, como es típico en la dieta occidental, es también fuente de enfermedad. Recordemos que aparte de las grasas saturadas que acompañan a la carne, es la propia proteína animal, cuando se consume en exceso, la que provoca acidificación en la sangre y pérdida de calcio, por su alto contenido de aminoácidos azufrados, y también aumento de riesgo de accidente cardíaco. Si un deportista puede alcanzar su máximo rendimiento con un filete a la semana, como se ha demostrado en la práctica, cualquier cantidad por encima de ésta habría de considerarse un exceso. Los deportistas vegetarianos de la historia nos deberían hacer reflexionar sobre el mito occidental de la carne. Por otra parte el nivel occidental de consumo de carne no es extrapolable al resto de la humanidad, dificulta resolver el problema del hambre en el tercer mundo y es ecológicamente inviable.

 

Aumentar el consumo de legumbres.

El consumo de legumbres desciende en Occidente al mismo ritmo que aumenta el consumo de carne y sus derivados. Sin embargo las lentejas, garbanzos y judías son típicas legumbres de nuestro clima y con la soja son una fuente de proteínas más recomendable que la carne. Deberían formar, todas, parte de nuestra dieta y volver a ser el plato principal del día al menos 2 o 3 veces por semana. Combinadas con arroz u otro cereal, aseguran un mayor aprovechamiento de sus nutrientes. Las judias de Oriente “azuqui” o los fríjoles de América son también una opción interesante. La soja es una legumbre con un contenido en proteínas superior al de la carne y en algunas variedades hasta el doble o más por eso su consumo debe ser muy moderado para evitar problemas digestivos o de riñón. De Oriente vienen formas más fáciles de consumir como el tofu y el tempeh disponibles hoy en día, en nuestros herbolarios, de elaboración europea.

 

Reducir, o mejor eliminar, el consumo de lácteos.

En el siglo XX se ha forjado un mito en occidente sobre las excelencias de la leche y sus derivados que no se corresponde con la realidad. Los problemas que plantea su consumo parecen indicar más bien que no es un alimento adecuado para la especie humana, aunque podemos consumirla si nos gusta, en pequeñas cantidades. Ocasiona mucosidades y problemas respiratorios en adultos, y hemorragias intestinales y pérdidas de hierro en bebés. Se ha cuestionado que su contenido en calcio, ciertamente muy alto, pueda ser aprovechado por el ser humano. Sus hormonas del crecimiento, sin embargo, parecen ser las responsables del aumento de talla en los países occidentales en los que su consumo es alto y de la proliferación de tumores malignos en mujeres (mamas) y hombres (próstata).

 

Aumentar el consumo de frutas, y verduras frescas, de preferencia de cultivo biológico.

La dieta occidental es deficitaria en fibra, vitaminas y minerales debido al escaso consumo de frutas y verduras frescas. Para poder asimilar mejor sus nutrientes es conveniente comer la fruta entre comidas, aunque será mejor comerla como postre que no comer fruta. La fruta es el mejor desayuno desde el punto de vista de la nutrición y la dietética. Las verduras conviene consumirlas en ensalada o con una mínima cocción para que conserven sus nutrientes. Cocinarlas al vapor es una buena opción. Un consumo alto, comparado con el actual, de fruta y verdura, protege el corazón, protege el cerebro y protege del cáncer.

 

Sustituir los productos refinados por integrales, de preferencia de cultivo biológico.

El excesivo consumo de hidratos de carbono refinados, de absorción rápida, se ha relacionado con diversas dolencias occidentales actuales como hipoglucemia, obesidad, caries, candidiasis, diabetes, varices, diverticulosis y otras. Por el contrario, el consumo de hidratos de carbono de absorción lenta, los no refinados o integrales, previenen la mayoría de estas dolencias al tiempo que aportan vitaminas, fibra y minerales a nuestra dieta. Esto afecta a la panadería y bollería blanca, al arroz, el azúcar y la pasta que deberían ser por norma integrales y sólo de forma excepcional refinados (blancos). El consumo de cereales integrales y/o sus productos derivados (pan, pasta, etc.) de cultivo biológico nos evitará la ingesta de gran número de tóxicos al tiempo que colaboramos en preservar nuestro entorno.

 

Hacer ejercicio de forma habitual, no deporte, como parte de la dieta.

La revolución industrial nos ha librado, en Occidente, de la mayor parte de los trabajos duros y pesados. Esto, que en sí mismo es un logro, se ha convertido en un problema pues nos hemos vuelto tan cómodos que apenas movemos nuestro cuerpo. Gran parte de los dolores de espalda occidentales se deben a que no hay ni habrá una postura buena para estar sentado 8 o más horas al día. El ejercicio es imprescindible en nuestra dieta para nuestra salud física y mental. Necesitamos hacer ejercicio de la misma forma que necesitamos comer verduras, a diario. Este ejercicio ha de suponer realizar un esfuerzo superior al normal o de mínima actividad, pero sin entrar en competición con nosotros mismos o con otras personas, y ha de primar la regularidad sobre la intensidad. Por eso el deporte exclusivamente de fin de semana no es recomendable. Caminar una hora al día o correr, o nadar, media hora diaria o quince minutos de gimnasia por las mañanas son buenos ejemplos. Pero debemos hacerlo igual que si comiéramos un plato de verduras. Si hoy hemos tardado 10 minutos en ingerirlo, no intentaremos mañana tardar sólo 9 minutos. Si hoy comimos un plato, no trataremos mañana de comer plato y medio o dos. Haremos ejercicio sin pretender batir records. Se ha demostrado una vez más que la función crea el órgano: el ejercicio refuerza los huesos (y todo el organismo en general) y la falta de ejercicio los debilita. Por eso practicar el “tumbing” frente al televisor el fin de semana tampoco puede ser parte de una dieta sana.

 

Beber abundante agua mineral, de manantial o filtrada.

Usar este agua también para cocinar. Necesitamos ingerir aproximadamente dos litros de agua al día, en sus distintas formas, para hidratarnos convenientemente. El cloro del agua del grifo es un factor importante en la aparición de candidiasis, pues ataca nuestra flora intestinal que es la encargada de contener la proliferación de esta levadura. También se ha relacionado al cloro con el cáncer de próstata entre otras enfermedades, al debilitar nuestro sistema inmunológico. Pero el cloro no es el único problema del agua. La contaminación de los acuíferos por la industria y las prácticas de la agricultura intensiva hacen del agua un transporte de distintos resíduos tóxicos que están alterando nuestro sistema inmunológico y reproductivo. Por eso lo ideal es usar para beber y cocinar agua depurada, instalando un filtro a la entrada de nuestro hogar, o agua de manantial, si podemos conseguirla, o agua mineral.

 

Resumiendo: los errores que hacen de la dieta occidental una dieta pobre y desequilibrada son:

- Excesivo consumo de carne y sus derivados.

- Insuficiente consumo de legumbres.

- Excesivo consumo de leche y sus derivados.

- Excesivo consumo de hidratos de carbono refinados.

- Insuficiente consumo de agua de calidad.

- Insuficiente consumo de fruta.

- Insuficiente consumo de verdura.

- Insuficiente ejercicio.

 

España y la dieta mediterránea.

Aunque nos sorprenda, mucha gente cree que por el hecho de vivir en España sigue una dieta mediterránea. Nada más lejos de la verdad. La población española sigue la dieta occidental típica con todos sus errores. La dieta mediterránea se ha ido abandonando a lo largo de los últimos 30 a 40 años. La alimentación se ha industrializado aunque sin llegar aún a los niveles de los países sajones. Y la falta de ejercicio es casi la misma. Quedan restos de lo que fue la dieta mediterránea que nos diferencian ligeramente del resto de países occidentales. El consumo de aceite de oliva y un consumo de fruta y verdura insuficiente pero levemente superior al resto de Europa y muy superior al de los EUA. La idea de que se practica una dieta mediterránea supone una gran dificultad para recuperar este tipo de dieta que no es la ideal, con los conocimientos actuales, pero sí claramente superior a la occidental.